Sorprendo a Rodrigo, templario
del siglo XII, conversando con Yusuf, zagrí del XI, alrededor de esta fotografía
remitida por la venezolana Oma.
«Esa torre inclinada que
ves» ̶ comenta el del Temple, «
perteneció a la iglesia que sustituyó en el XVI a la de la Orden
Hospitalaria de San Juan, construida en el XII»
«Supe, después de muerto,
que los cristianos la levantasteis en el lugar dende teníamos la Zuda, junto a
la muralla» ̶ le replica Yusuf.
«Así fue. Y luego la
llamaron San Juan de los Panetes porque allí se repartían panes a los pobres» ̶ añade el cristiano.
Intervengo en la charla para preguntar
a Rodrigo: «La verdad es que quedan pocos vestigios de la Órdenes de
Jerusalén en la ciudad, quitando este recuerdo del que habláis sobre la
Hospitalaria de San Juan y el hecho de que una calle todavía se llame del
Temple»
«Y el barrio en el que se encuentra
también se denomina así,» ̶ me
contesta, «pues allí se encontraba nuestra iglesia circular de Santa
María del Temple. Además, te olvidas del Convento del Santo Sepulcro, cuyas
Canonesas también pertenecen a una Orden de Jerusalén»
«Bonita historia,» ̶ interrumpe Yusuf, «pero, volviendo a la
foto, me sorprende la inclinación de las figuras que allí aparecen y me
pregunto si son así en la realidad, pues no hay ningún otro objeto que nos
sirva de referencia, solo el cielo al fondo.»
Me quedo con las últimas palabras
del musulmán, “el cielo al fondo”. ¿Y si la fotógrafa lo que quiso retratar era
precisamente el azul del cielo y las figuras solo emergen para situarlo como
cielo zaragozano, o mejor dicho, como el cielo que se vive hoy en Zaragoza. Ese
cielo, ese color, esa luz que en realidad habitamos.
Nacho
de Zaragoza (España)
Un cielo azul completamente
despejado, un día hermoso con un clima sin desperdicio y una torre inclinada. En
ese momento no necesitaba nada más que disfrutar de la vista, sin siquiera
imaginarme todo lo que se ha podido vivir en ese lugar durante tantos pero
tantos años de historia y vida en Zaragoza.
Solo me atrapó el azul del cielo,
y pensándolo bien no es casualidad que sea ese color mi color favorito. El
cielo y el mar son azules, el azul del mar es el reflejo del color del mismo
cielo, uno tan amplio e infinito y el otro tan profundo, pacífico e indomable.
En mi tierra cuando el cielo está despejado y el sol está en su punto más
alto, la luz que proyecta da un espectáculo de azules en el mar con tonalidades
que seguramente no has visto nunca antes. ¡No, no es casualidad que sea mi
color favorito!
Leyendo el comentario de Rodrigo,
que nos dice que a la Iglesia la llamaron San Juan de los Panetes porque allí
se repartían panes a los pobres, solo puedo pensar en lo mucho que extraño el
pan dulce de mi San Cristóbal, aquel al que en el resto de Venezuela han
llamado siempre "pan andino". Un pan de miga tierna y esponjosa,
dulce y con una corteza crocante que de solo describirlo se me hace agua la
boca y me lleva a mis años de infancia, cuando iba con mis padres a la
panadería y se nos hacía difícil decidir cuál y cuántos comprar, porque había variedades
y nos gustaban todos.
Ahora de mayor, y después de
tanto extrañar este pan, he investigado un poco para saber qué lo hace tan
diferente y especial. Y es que es un pan que, a pesar de tantas influencias
extranjeras y desarrollo de la gastronomía, ha preservado la receta desde sus
orígenes, estando su principal secreto en que se elabora de manera artesanal a
partir de una masa madre llamada Talvina, elaborada con harina de trigo,
panela y agua, que luego se combina con leche, huevo y mantequilla. Esa
combinación de tradición, textura y sabor la llevo conmigo desde San
Cristóbal hasta cualquier lugar del mundo en el que me encuentre.
Oma
de San Cristóbal (Venezuela)
