Sorprendí a Miguel Donlope conversando con Rafael, el criado
de los Torrero, en torno a esta fotografía: «Yo iba con mi padre cada año a
la procesión del Corpus Christi, allá por el XVI, a ver al león enjaulado, símbolo de nuestra querida ciudad, hasta que nos lo arrebató el rey castellano» –comentaba Rafael. «Y
antes de que lo enjaularan, vivía libre en el foso de la Aljafería. Recuerdo
escaparme de casa de niño, junto a mi hermano Manuel para verlo de lejos» –asintió
Miguel.
«Seguramente estos leones representan aquellos que
comentáis» –les dije, sumándome a la charla, «los fundió en bronce el
escultor Paco Rallo en el siglo XX y hay otros dos en el otro extremo del
Puente de Piedra, allí donde señala la flecha, rematando el que fue viaducto
romano»
«Bueno, más que viaducto, en origen fue acueducto» –interrumpió
una voz a mi espalda. Era la de Egnatius, el delineante salduiense que dibujó
la Centuriatio de la Colonia Caesar Augusta para los romanos en el siglo I a.c.
«Los romanos decidieron abastecer la urbe con agua del Galicus y proyectaron
unas tuberías que cruzaran el Iberus desde el punto más alto de su margen
izquierda. Eso fundamentó la situación del puente y de la Colonia» –concluyó
el ibero.
Algo escuché en mi época de estas palabras y también de las ruinas
del Convento Mercedario de San Lázaro. Fijándome en la foto, reconocí
obviamente la torre de Santa Leonor y no se me hicieron demasiado extraños ni
el semáforo ni las farolas. Al fin y al cabo, soy del siglo XX. Pero lo que no
logré identificar es eso de VMP.
Alguna vez dije que la culpable de que me guste tanto la ciudad de Zaragoza es justamente su Belleza. A ratos me encandilo fascinado por un detalle arquitectónico milenario o por la morfología de un edificio de arte post modernista. Andando sus calles, fui descubriendo elementos que me conectaban con mi entrañable tierra: negocios propios con alguna palabra muy cubana, calles y callejones llamándose Habana en el barrio La Jota, hasta motocicletas con pegatinas alusivas a la bandera cubana. Así llegué un día a los Leones que coronan los dos extremos del puente de piedra, obra del escultor Francisco Rallo y enseguida los asocié a los emblemáticos leones del Paseo del Prado en la capital cubana, que tienen una historia muy singular.

Así me vino de golpe la voz de Don Eusebio Leal Splenger,
finado historiador de la ciudad de la Habana, mientras parado bajo los Leones
del Puente de Piedra de la hermosa Zaragoza, tomaba algunas fotos a estos
impresionantes felinos que en franca posición altiva parecen custodiar a la
ciudad de cualquier intruso que ose sitiarla.



