sábado, 31 de octubre de 2026

Mercado Central

 


Empezaba a echarse de menos en torno al buzón ultramundano el arribo de una nueva fotografía desde la Zaragoza viviente. Tanto es así, que yo llegué a sospechar que los fotógrafos caribeños habían vuelto a sus patrias. Por eso, cuando apareció esta imagen en nuestra bandeja de entrada, creí que era de Cuba.

«¡Pero no ves al fondo el Mercado Central!» ̶  me indicó Fermín, contemporáneo mío en el siglo XX. «A ti lo que te ha despistado es la cantidad de carteles».

 « Puede ser. Y también este afiche en primer plano que menciona a Cuba.» ̶  repuse pensativo.

Como la eternidad a veces se hace larga, la aparición anhelada de otra instantánea había congregado alrededor de la foto a varios “asociados” con ganas de meter baza. Uno de ellos, el locuaz Cayetano, aprovechó mi silencio para intervenir:

«Recuerdo que muy cerca de ahí estaba a finales del XIX la tienda de telas “El Gran Catalán”» ̶  dijo, señalando un punto de la imagen.

«Querrás decir “El Pequeño Catalán”, comercio que, por cierto, todavía perdura y que queda justo, justo, a la izquierda de la foto» ̶  le puntualicé.

«No, no, yo sé bien lo que me digo» ̶  replicó airado. «El cuento es que dos comerciantes de telas catalanes, que eran hermanos, se casaron con dos zaragozanas y cada uno montó en la ciudad su propio negocio. Uno era grandote y corpulento y llamó a su tienda “El Gran Catalán”. El otro, más menudo y escuchimizado, la rotuló: “El Pequeño Catalán”, haciendo gala ambos de su sentido del humor».

No pude evitar una carcajada, a la vez que entendía por primera vez la razón del curioso nombre del negocio.

«¿Pero pusieron sus comercios uno cerca del otro?» ̶  pregunté curioso.

«Así fue y, para que veas, el Pequeño aguantó más que el Grande».

Suele pasar. Y si no, que le pregunten a los Dinosaurios. Lo que no acabo de entender es qué significa eso de ELLAS BAILAN SOLAS. 

Nacho de Zaragoza (España)

 

¿Será que en esa larga eternidad no hay nada que hacer? Vaya menudo cotilleo el de estos maños difuntos por un afiche colocado donde antes hubiese (para controversia súbita) dos negocios que pudieran llamar a confusión por sus nombres entre Pequeño y Grande.

Cierto que me hacen reír y me llevan de viaje a esos parajes de una Zaragoza que de vez en cuando descubro cómo era gracias a sus peculiares comentarios, a su corrección de datos y a algunas imágenes históricas que la Inteligencia  Artificial me está devolviendo hasta con movimiento a inicios de cualquier siglo pasado. ¡Madre mía, si que impacta e impone esta era tecnológica!

Pues no, nada de retornos al Caribe ni ausencia fotográfica. Todo lo contrario. Lamento haberles creado esa impaciencia insustancial en vuestro buzón cuántico. Lo cierto es que este fotógrafo cubano ha estado ocupado, llenando y embelleciendo a Zaragoza de punta a rabo con más de 60 pancartas como esa que Uds. ven ahí, mostrando en ellas el infinito e inagotable talento creativo en las artes de la mujer cubana. Una exposición fotográfica colectiva de diferentes generaciones, diferentes manifestaciones artísticas como la poesía, la escultura, la cerámica, el arte textil, la pintura, el arte culinario, la fotografía; todo ello con disímiles estéticas, discursos, soportes, en fin…una maravilla de obras convidando al hallazgo y el deslumbramiento.

Esa que ven ahí, se llama “Vuelo bajo Cerrojo” y pertenece a la autoría de Nora Menéndez; por cierto, una cubana radicada en Canarias. Y aprovecho para decirles que entre las 60 artistas de esta exposición itinerante, hay dos autoras que radican, como yo, en esta legendaria Zaragoza.

Y para terminar, a ese preguntón que no sabe por qué se llama ELLAS BAILAN SOLAS, por lo mínimo le diré que significa la emancipación indómita de la mujer en el siglo XXI, fuera de la subordinación machista a la que históricamente han estado sometida. Bailan felices sin la necesidad de la aprobación y el consentimiento masculino, en su pleno derecho a brillar por y con su luz propia. ¿Te parece bien?

Budy de Bayamo (Cuba)

viernes, 7 de agosto de 2026

Sitios


Recuerdo una canción del siglo XX que decía: “Bares ¡qué lugares! tan gratos para conversar”, y no puedo dejar de pensar en la cantidad de lugares, o sitios, gratos que tiene Zaragoza. Quizás de ahí viene el nombre de ese monumento a los Sitios zaragozanos de la foto, ubicado en su homónima plaza.

«¡Pero qué dices, majadero!» ̶  interrumpe mis cábalas la Condesa de Bureta, heroína de los Sitios, de aquellos a los que de verdad se refiere el monumento. «¿O es que todavía estás borracho de tus visitas a esos bares?» ̶ continúa imprecándome, «¡Has de saber que los zaragozanos defendimos con bravura la ciudad sitiada por el poderoso ejército de Napoleón!».

«No, si eso ya lo sé» ̶  me defiendo. «Y sé que también nos sitiaron los ejércitos de Childeberto en el siglo VI, de Carlomagno en el VIII o de Abderraman en el X. Yo solo pretendía hacer una asociación de palabras, como hacía mi madre cuando decía que Zaragoza es la ciudad de los sitios».

Ni me respondió la señora. Hizo girar sobre sus pies la aristocrática y heroica figura que se trajo del XIX y me dejó solo con mis asociaciones.

En ese estado, me vino a la mente otra figura, la del autor de la foto. A ese sí que le gustan las asociaciones y disociaciones lingüísticas. Le hablas de ‘peras’ y te contesta con ‘manzanas’ ¡A ver por dónde nos sale esta vez! ¡Con qué cuento nos responde!

Nacho de Zaragoza (España)


Menuda provocación me incita

el maño que doy por muerto

que no por muerto me atrevo

hablar con rima y lo convenzo 

que a buen cubano letrado

en asuntos pronunciados

la historia le viene arriba

no importa si es en los Sitios

o en sus alrededores con bares 

importa que dos juglares

de milenios diferentes

tozudos y cabezones

se den con la nariz en la frente 

escribiendo a contracorriente

lo que uno espera del otro

las cosas que no son polvo

sino importantes datos de historia 

que en esta foto no hay derrota

sino toda una proclama

de aquel campo de batalla

frente a las huestes napoleónicas 

una mujer alza la bandera

empina el pecho y grita

por Zaragoza mi sangre

por Zaragoza mi vida.

Y así voy dejando al maño 

con su escuálido tamaño

estos versos mal rimados

desafiando su destreza

de contar buenas historias 

con increíble belleza. 

 

Budy de Bayamo (Cuba)


domingo, 12 de julio de 2026

Lanuza


 

Comento esta foto con Garcí Ximénez, legendario primer Rey de Aragón , allá por el siglo VIII.

«Muchos dicen de ti que eres solo una leyenda» ̶  le digo.

«Pues no,» ̶  me contesta, «en el mismísimo lugar de San Juan de la Peña me aclamaron como Rey, tras la conquista de Aínsa a los moros, y allí juré los Fueros de Sobrarbe».

«¿Entonces es cierto lo que se dice en Aragón que “antes leyes que reyes”?» ̶  le pregunto.

«Así era en un principio. Y para defenderlo se establecía en los Fueros el cargo de “juez medio”, del que proviene la figura de “El Justiziazgo”, uno de cuyos representantes, Juan de Lanuza el Mozo, está inmortalizado en el monumento que muestra la imagen» ̶  me explica Garcí Ximénez.

«Doy  fe de lo que dice este hombre» ̶  nos interrumpe el pintor del XIX, Pablo Gonzalvo. «Mi amigo José Martí pudo comprobar in situ el recelo de los aragoneses ante el poder absoluto que no respeta las leyes que el pueblo se ha dado. De ahí esos versos que escribió en Zaragoza:»

“Estimo a quien de un revés
echa por tierra a un tirano:
lo estimo, si es un cubano;
lo estimo, si aragonés.

Seguro que esta referencia al prohombre cubano habrá removido el alma del retratista caribeño y tal vez le motive a volver a visitar el monumento para leer el mismísimo texto de los Fueros de Sobrarbe que viven allí inscritos en piedra.

Y si alza la vista, o es capaz de mirar a vuelo de dron, quizás pueda también conocer la leyenda que aparece en el ecuador de la esfera pétrea que corona el conjunto escultórico.

Nacho de Zaragoza (España)

 

Había algo raro en ese día de diciembre. Las temperaturas estaban por debajo de 10 grados pero algo en mí, emitía una corriente sutil que más allá de darle calor a mí cuerpo, producía la sensación de un hormigueo desesperante alrededor de mi cuello. Llevo en el alma 400 años de sentimiento por la cometida de una arbitrariedad sin precedentes; el hombre que no tuvo pelos en la lengua allá en el siglo XVI y fue decapitado en la plaza donde ahora ocupa parte de su espacio el Mercado Central de Zaragoza. Se llamaba Juan de Lanuza y Urrea, y lo he pensado mucho mientras pulía la piedra. 

Me ha tocado como grabador, escultor y dibujante, tallar las palabras, los escudos y los ribetes de esta inmensa placa de mármol. Y aquí estamos ahora, en digno homenaje a su nombre, gritando desde una fervorosa impotencia lo que la lápida deja a la vista de todos. 

Discurro la imagen de Felipe II que sin juicio previo ordenó la decapitación del justo defensor de derechos y dignidades, y otra vez me viene el hormigueo alrededor del cuello y es como sentir el filo abyecto de la guillotina en su mordaz corte, callando de un tajo la muchedumbre enardecida que ha venido a proclamar justicia por EL JUSTICIA.

Es raro este asunto de los pensamientos, la imaginación, la historia y los protagonismos. ¿Será por eso que mi madre decidió llamarme Juan? 

 Budy de Bayamo (Cuba)


sábado, 13 de junio de 2026

Aljafería

 


Últimamente parece que las fotos recibidas en este buzón nos llevan a mirar hacia el interior.

«A mí no me ha costado mucho identificar la localización de esta imagen.» ̶  le comenté a mi amigo Jesús, contemporáneo mío antes de traspasar el umbral. «En seguida me di cuenta de que ese era el pozo que hay en el interior de la Aljafería junto a la Torre del Trovador».

Él no pestañeo y, aunque sus ojos también se fijaban en la imagen, me pareció que no me hacía ni puto caso, porque de pronto se puso a cantar en italiano:

Ah!, si, ben mio, coll’essere io tuo, tua mia consorte,

avrò più l’alma intrépida, il braccio avrò più forte

«¿No sabía que conocieras la lengua del divino Dante?» ̶  le dije, sorprendido.

«¡Qué va! Lo que pasa es que cuando hablaste de la Torre del Trovador de la Aljafería, me vino enseguida la famosa aria de Il Trovattore de Verdi en la que Manrico declara su amor a Leonora. Seguro que algún guía turístico le fue también con ese cuento al fotógrafo cubano» ̶  me contestó.

«Pues te equivocas» ̶  repliqué, «porque ésta foto no nos la envió el de Bayamo, como acostumbra, sino la venezolana Oma».

«¡Basta ya de estupideces!» ̶  irrumpió Yusuf, que se nos había arrimado, tal vez atraído por el canturreo de Jesús y siempre dispuesto a reivindicar la importancia de los logros musulmanes. «Aquí lo importante es el propio palacio que construyeron los soberanos de la taifa Saraqustí en el siglo XI junto a esa torre que hoy llamáis del Trovador».

No le repliqué. Puede que tenga razón, pero a veces me cansa ese empeño que seguimos teniendo en reclamar un lugar en la historia. Y más ya muertos, cuando sabemos lo relativo que es todo. En fin, que prefiero hundirme en la fotografía a ver si llego hasta las capas freáticas del Ebro y me refresco.

 

Nacho de Zaragoza (España)

 

Siempre me ha llamado la atención la costumbre de lanzar monedas a los pozos de agua, como si en ese pequeño gesto depositáramos nuestros deseos más profundos. Sin embargo, lo que realmente despertó mi asombro fue el pozo de la Aljafería: un pozo dentro del recinto, sin agua, y aun así lleno de monedas en el fondo.

Quizás eran monedas de distintos países, de diferentes valores, pero todas tenían algo en común: cada una representaba un deseo, una esperanza o un anhelo muy personal de quien la lanzó.

Y entonces pensé que tal vez deberíamos hacer el mismo ejercicio, pero mirando hacia nuestro interior. Buscar en el fondo de nuestra alma y descubrir que el éxito, la fortuna y la prosperidad que tanto anhelamos no están en el fondo de un pozo, sino dentro de nosotros mismos. Quizás aquello que simbolizamos con una moneda ya habita en nuestro interior, esperando ser encontrado.

 

Oma de San Cristóbal (Venezuela)