Últimamente parece que las fotos
recibidas en este buzón nos llevan a mirar hacia el interior.
«A mí no me ha costado
mucho identificar la localización de esta imagen.» ̶ le comenté a mi amigo Jesús, contemporáneo
mío antes de traspasar el umbral. «En seguida me di cuenta de que ese era
el pozo que hay en el interior de la Aljafería junto a la Torre del Trovador».
Él no pestañeo y, aunque sus ojos
también se fijaban en la imagen, me pareció que no me hacía ni puto caso, porque
de pronto se puso a cantar en italiano:
Ah!, si, ben mio, coll’essere io tuo, tua mia consorte,
avrò più l’alma intrépida, il braccio avrò più forte
«¿No sabía que conocieras
la lengua del divino Dante?» ̶ le
dije, sorprendido.
«¡Qué va! Lo que pasa es
que cuando hablaste de la Torre del Trovador de la Aljafería, me vino enseguida
la famosa aria de Il Trovattore de Verdi en la que Manrico declara su amor a
Leonora. Seguro que algún guía turístico le fue también con ese cuento al
fotógrafo cubano» ̶ me
contestó.
«Pues te equivocas»
̶ repliqué, «porque
ésta foto no nos la envió el de Bayamo, como acostumbra, sino la venezolana Oma».
«¡Basta ya de estupideces!»
̶ irrumpió Yusuf, que se nos
había arrimado, tal vez atraído por el canturreo de Jesús y siempre dispuesto a
reivindicar la importancia de los logros musulmanes. «Aquí lo importante
es el propio palacio que construyeron los soberanos de la taifa Saraqustí en el
siglo XI junto a esa torre que hoy llamáis del Trovador».
No le repliqué. Puede que tenga
razón, pero a veces me cansa ese empeño que seguimos teniendo en reclamar un
lugar en la historia. Y más ya muertos, cuando sabemos lo relativo que es todo.
En fin, que prefiero hundirme en la fotografía a ver si llego hasta las capas
freáticas del Ebro y me refresco.
Nacho
de Zaragoza (España)
Siempre me ha llamado la atención la costumbre de lanzar
monedas a los pozos de agua, como si en ese pequeño gesto depositáramos
nuestros deseos más profundos. Sin embargo, lo que realmente despertó mi
asombro fue el pozo de la Aljafería: un pozo dentro del recinto, sin agua, y
aun así lleno de monedas en el fondo.
Quizás eran monedas de distintos países, de diferentes
valores, pero todas tenían algo en común: cada una representaba un deseo, una
esperanza o un anhelo muy personal de quien la lanzó.
Y entonces pensé que tal vez deberíamos hacer el mismo
ejercicio, pero mirando hacia nuestro interior. Buscar en el fondo de nuestra
alma y descubrir que el éxito, la fortuna y la prosperidad que tanto anhelamos
no están en el fondo de un pozo, sino dentro de nosotros mismos. Quizás aquello
que simbolizamos con una moneda ya habita en nuestro interior, esperando ser
encontrado.
Oma de San Cristóbal
(Venezuela)



