martes, 24 de junio de 2025

Magdalena

 


“… mecánicamente, agobiado por la insulsa jornada y ante la perspectiva de un triste día por venir, llevé hasta mis labios una cucharada de té en la que había dejado ablandar un pedacito de magdalena. Pero en el instante mismo en que el sorbo mezclado con las migas de la torta tocó mi paladar, me estremecí, atento a lo que pasaba de extraordinario en mí. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin la noción de su causa. Había vuelto, en un instante, las vicisitudes de la vida indiferentes, sus desastres inofensivos, su brevedad ilusoria, de la misma manera en que opera el amor, llenándome de una esencia preciosa: o tal vez esa esencia no estaba en mí, era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde había podido venirme esta poderosa alegría? Sentía que estaba ligada al gusto del té y de la torta, pero que lo sobrepasaba infinitamente, no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía?”

… decía Proust en un texto que recuerdo al ver la torre de la Magdalena en esta imagen firmada por Oma de San Cristóbal.

Sí, Magdalena o Madalena, que de estas dos maneras se denomina la torta que debió tomar el señor Proust, y también el barrio zaragozano presidido por esa torre mudéjar aledaña a la antigua Porta Prima romana, en un extremo del Decumano.

«¿Torre mudéjar? ̶  me cuestiona el zagrí Yusuf, vecino de la Saraqusta del siglo XI. «Ese es el alminar que presidía las tumbas de los tabíes junto a la Bâb al-Quibla. Luego los cristianos lo resignificaron y cambiaron la historia»

Lo cierto es que, fuera como fuera, es bellísima. Su figura domina la encrucijada en que confluyen la bajada de San Cristóbal, el Decumano (hoy Calle Mayor), el Coso Bajo y la que fue sede del “Estudio General de Artes” de Zaragoza desde 1474.

Confluencias y confusiones de calles, sabores y recuerdos, que nos remiten desde la belleza a historias como la de una tal  Madeleine que repartía a los que hacían el Camino de Santiago pastelitos en forma de concha, símbolo de ese peregrinaje; o a la de aquella María de Magdalia, a cuya advocación se dedica la torre más bonita de la ciudad.

Nacho de Zaragoza (España)

 

¡Madalena!

 Un día me enteré que madalena y ponquecito se refería a lo mismo, gracias a la conversación de dos amigos (cada uno oriundos de países diferentes, uno de Venezuela y el otro de España), que discutían por el nombre de la presentación individual de un “pund cake”, pero resulta que por solo algunas pequeñas características diferentes en la pastelería, también se puede llamar CupCake y Muffin, cuatro nombres diferentes para un pedacito de cielo.

El caso es, que tenemos la tendencia de definir todo lo que hacemos, pero para mi las madalenas o “ponquecitos” fueron la forma con la que conseguí brindar un pedacito de mi corazón a la gente que me rodeaba, por allá en el 2015. El compartir algo delicioso con mis amigos en el descanso de la jornada laboral, fue la manera de expresarles mi amor (quizás ese mismo del que habla Proust) y su manera de dejarme saber que se me daba bien esto de los dulces, nos permitió darnos cuenta de que esto es lo que realmente me apasiona y por lo que hoy en día, en pleno 2025, estoy transitando.

Así fue como las madalenas me iniciaron en este “camino”, el que hoy creo que es mi camino, y en mi transitar por España también me encuentro con historias como la de una tal Madeleine que repartía pastelitos en forma de concha a los que hacían el Camino de Santiago, camino que también quiero recorrer; o a la de aquella María de Magdalia, a cuya advocación se dedica la torre más bonita de Zaragoza, a la que un día decidí fotografiar para conservar, no solo en mis recuerdos, su hermosa presencia.

 

Oma de San Cristóbal (Venezuela)



viernes, 13 de junio de 2025

Doña Casta


El bullicio del corazón del Tubo debió atrapar, como a tantos otros, al fotógrafo cubano, con el dilema de detenerse el tiempo necesario para liquidar una croqueta o seguir caminando y tirar para Estébanes o para Libertad.

«Pues que sepa, que si va para Estébanes hollará el lugar donde los Estévanes tenían su casa solariega» ̶  me comentó el jaqués Jaime Ramírez, antes de glosar la figura del patriarca de aquel linaje. «García Estevan se llamaba y era de nuestras montañas jaquesas» ̶  continuó Ramírez con orgullo, «yo mismo serví a sus órdenes en las tropas del Rey Alfonso que entraron en Zaragoza en 1118 para echar a los sarracenos»

Sospecho que al viandante de hoy le tiran más las tapas que la historia y tal vez opte por adentrarse en Libertad, a la que alguno, en los primeros años del siglo XX, pudiera llamarla “Libertinaje”, por aquello de que, decían, estaba repleto de “casas de tolerancia”.

«En mis años, en el XIX» ̶  escucho decir a un desconocido a mis espaldas, «esa calle se llamaba del Príncipe. Supongo que dedicada al Conde de Fuentes, Príncipe del Sacro Imperio Romano-Germánico …»

No sé yo si todos estos cuentos dejarían frío al de Bayamo y el relato que más le llegó fuera el que está escrito a los pies del RETRATO DE DOÑA CASTA (en la foto), y que dice:

A LA EDAD DE 30 AÑOS REGENTÓ Y FUE EL ALMA DE LA FAMOSA TASCA “LA LIBERTARIA”. MARCHÓ DE ZARAGOZA EN 1923 TRAS EL CIERRE DEL ESTABLECIMIENTO POR ORDEN GUBERNATIVA. DICEN QUE LA VIERON POR LA HABANA ACOMPAÑANDO A DON FRANCISCO ASCASO, PERO ESA YA ES OTRA HISTORIA …

Nacho de Zaragoza

 

El gallardo calza unas botas altas de señorito burgués. Pertenece a un linaje de sangre española pero él ha nacido en Cuba, nada más y nada menos que en Bayamo. Aún es joven, apenas 23 años y está en Zaragoza por medio de su padre que le ha costeado todos los gastos de este viaje por Europa como regalo por su reciente título de Abogado. Está lejos de saber que, pocos años después, su gallardía desatará una irreverencia indomable que lo convertirá en el Padre de la Patria y que luchará, a monte traviesa, contra las tropas españolas, deshaciéndose de todos sus derechos y bienes materiales para enfrentar a la Corona.

Pero esta vez viene de comprar un Goya, un pequeño óleo que muestra a un Jesús penando el calvario de la Cruz. Gusta del arte y en su tierra ha escrito obras de teatro, poesía, canciones, y toca el violín a la perfección. Unos amigos lo han llevado a degustar lo mejor de la comida aragonesa y le agrada el ambiente que emerge de ciertos recovecos laberínticos, fraguados en mezcla de aromas, esencias y olores que lo mantienen hechizado. 

Lo atienden con soberana displicencia y él se fija en los ojos de una niña que juega entretenida cerca de su mesa. La niña lo mira fijo y retiene en sus pupilas la forma del bigote, los pómulos pronunciados y una incipiente calvicie en el distinguido visitante. Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, quien no sabía en ese momento que se convertiría en el primer presidente de la República de Cuba en Armas, le hace un gesto a la niña y ella camina hasta el gallardo. Él se fija que del cuello de la niña cuelga una fina cadena de oro de la que pende un crucifijo parecido al óleo. Toma la pintura y se la regala a la niña y en gesto paternal le zarandea la cabeza.

Nunca más se volvieron a ver. En 1923 se dice que a esa niña zaragozana, ya convertida en mujer,  se le vio por Cuba de la mano de un joven distinguido. Se comenta también que la vieron por Bayamo, visitando las ruinas de la que fuera la casa cuna del insigne patriota; se dice que abrazaba con fervor un óleo de Goya; se dice que lloraba con delicada pasión; se dicen muchas cosas; pero puede ser que todo esto no sea más que una fabulación delirante de un fotógrafo cubano parado frente a una pintura en el corazón del Tubo, que habla de una tal Doña Casta a la cual un día la vieron por la Habana de la mano de un tal Don Francisco Ascaso.

 Budy de Bayamo (Cuba)


lunes, 2 de junio de 2025

Santa Mónica


Algún agujero de seguridad debe de haber en el buzón electrónico de nuestra Asociación, cuando no solo se cuelan fotografías del tal Budy de Bayamo (Cuba) sino que también se nos ha entrometido ésta imagen crepuscular, remitida por una venezolana.

Enseguida reconocí la portada de la iglesia del convento de Santa Mónica, colindante con el que fue de San Agustín. «Y es que Santa Mónica era la madre de San Agustín» ̶  me susurra al oído la voz de Narciso Palomar «Conozco muy bien ese convento, no en vano estaba en la calle que portaba, y porta, el apellido de mi familia: Palomar».

Así es. Y también lo es que Don Narciso fuera el propietario de un castillo, ya desaparecido, construido en el XIX sobre una colina situada en las cercanías de la hoy Estación Zaragoza-Delicias. 


Al enseñarle la foto adjunta que lo retrata, me mira nostálgico y prosigue: «Volvamos a los conventos. El de San Agustín tuvo gran relevancia en la historia de la ciudad, y no porque el santo africano tuviera alguna conexión con nuestra urbe, sino porque aquel cenobio fue escenario principal en las batallas con las tropas de Napoleón»

«¡Quién dice que Agustín no tiene conexión con Caesar Augusta! ̶  vocea el exlegionario Caius, interrumpiendo nuestra plácida conversación. «Su propio nombre lo delata. Los Agustines o Augustines, cuyo apellido proviene del propio Augusto, poblaron la ciudad desde su fundación»

No le falta razón al romano. Incluso, andando el tiempo,  fue un Agustín quien construyó en el XVI el palacio que hoy se dice de Fuenclara. Pero yo también quiero volver a los conventos agustinos (ya no augustinos), para destacar la oportunidad de la fotógrafa al retratar un elemento de su patrimonio, ahora, en este tiempo en el que uno de los suyos ocupa por primera vez el primado de San Pedro.

Nacho de Zaragoza (España)

 

Y yo, que vengo de tierras lejanas, del "nuevo mundo", donde las historias que conozco tienen una data mucho más reciente. Ahora que transito por las calles de esta ciudad de Zaragoza en pleno siglo XXI, no dejo de sorprenderme al ver las construcciones que se mantienen en pie desde hace tantos pero tantos años, que pertenecieron a sociedades de otros tiempos, a otras maneras de vivir, y que han estado allí "viendo pasar" generaciones tras generaciones. 

De solo pensarlo me abismo al imaginar la cantidad de personas, experiencias y circunstancias que han sucedido en frente de ellas, así como la mía, cuando caminando por la calle en busca de alguna dirección, de pronto me topé con la iglesia del convento de Santa Mónica, que se me apareció de frente como una postal, de esas que se regalan a los seres queridos para mostrarles los lugares bonitos que existen en otras tierras.

Y es así como esta edificación "me ve pasar", siendo yo de otro lugar, con otra cultura, en mis propias circunstancias de por estos tiempos, dejando registro fotográfico que se cuela por algún agujero de un buzón electrónico en particular.

 Oma de San Cristóbal (Venezuela)