lunes, 29 de septiembre de 2025

Panetes

 


Sorprendo a Rodrigo, templario del siglo XII, conversando con Yusuf, zagrí del XI, alrededor de esta fotografía remitida por la venezolana Oma.

«Esa torre inclinada que ves» ̶  comenta el del Temple, « perteneció a la iglesia que sustituyó en el XVI a la de la Orden Hospitalaria de San Juan, construida en el XII»

«Supe, después de muerto, que los cristianos la levantasteis en el lugar dende teníamos la Zuda, junto a la muralla» ̶  le replica Yusuf.

«Así fue. Y luego la llamaron San Juan de los Panetes porque allí se repartían panes a los pobres»     ̶  añade el cristiano.

Intervengo en la charla para preguntar a Rodrigo: «La verdad es que quedan pocos vestigios de la Órdenes de Jerusalén en la ciudad, quitando este recuerdo del que habláis sobre la Hospitalaria de San Juan y el hecho de que una calle todavía se llame del Temple»

 «Y el barrio en el que se encuentra también se denomina así,» ̶  me contesta, «pues allí se encontraba nuestra iglesia circular de Santa María del Temple. Además, te olvidas del Convento del Santo Sepulcro, cuyas Canonesas también pertenecen a una Orden de Jerusalén»

«Bonita historia,» ̶  interrumpe Yusuf, «pero, volviendo a la foto, me sorprende la inclinación de las figuras que allí aparecen y me pregunto si son así en la realidad, pues no hay ningún otro objeto que nos sirva de referencia, solo el cielo al fondo.»

Me quedo con las últimas palabras del musulmán, “el cielo al fondo”. ¿Y si la fotógrafa lo que quiso retratar era precisamente el azul del cielo y las figuras solo emergen para situarlo como cielo zaragozano, o mejor dicho, como el cielo que se vive hoy en Zaragoza. Ese cielo, ese color, esa luz que en realidad habitamos.

 

Nacho de Zaragoza (España)

 

Un cielo azul completamente despejado, un día hermoso con un clima sin desperdicio y una torre inclinada. En ese momento no necesitaba nada más que disfrutar de la vista, sin siquiera imaginarme todo lo que se ha podido vivir en ese lugar durante tantos pero tantos años de historia y vida en Zaragoza. 

Solo me atrapó el azul del cielo, y pensándolo bien no es casualidad que sea ese color mi color favorito. El cielo y el mar son azules, el azul del mar es el reflejo del color del mismo cielo, uno tan amplio e infinito y el otro tan profundo, pacífico e indomable. En mi tierra cuando el cielo está despejado y el sol está en su punto más alto, la luz que proyecta da un espectáculo de azules en el mar con tonalidades que seguramente no has visto nunca antes. ¡No, no es casualidad que sea mi color favorito!

Leyendo el comentario de Rodrigo, que nos dice que a la Iglesia la llamaron San Juan de los Panetes porque allí se repartían panes a los pobres, solo puedo pensar en lo mucho que extraño el pan dulce de mi San Cristóbal, aquel al que en el resto de Venezuela han llamado siempre "pan andino". Un pan de miga tierna y esponjosa, dulce y con una corteza crocante que de solo describirlo se me hace agua la boca y me lleva a mis años de infancia, cuando iba con mis padres a la panadería y se nos hacía difícil decidir cuál y cuántos comprar, porque había variedades y nos gustaban todos.

Ahora de mayor, y después de tanto extrañar este pan, he investigado un poco para saber qué lo hace tan diferente y especial. Y es que es un pan que, a pesar de tantas influencias extranjeras y desarrollo de la gastronomía, ha preservado la receta desde sus orígenes, estando su principal secreto en que se elabora de manera artesanal a partir de una masa madre llamada Talvina, elaborada con harina de trigo, panela y agua, que luego se combina con leche, huevo y mantequilla. Esa combinación de tradición, textura y sabor la llevo conmigo desde San Cristóbal hasta cualquier lugar del mundo en el que me encuentre.

Oma de San Cristóbal (Venezuela)


sábado, 13 de septiembre de 2025

Sas / 2


 

Aunque no se vea en la imagen, por debajo de la cruz pasa un río en silencio (la Virgen está dormida). Quiero decir que esa cruz se sitúa sobre un tajamar del Puente de Piedra, lugar favorito de los turistas para hacer fotografías.

«¿Turistas?» ̶  me mira con extrañeza el legionario romano Caius. «¿Qué es eso»

Como no le respondo, sigue con su cuento:

«¿Y esa cruz, tú sabes a qué viene?»

 «Es un memorial que recuerda a tres héroes de la guerra de la Independencia, uno de ellos el presbítero Sas» ̶  le respondo.

«¿Qué es un presbítero?»

Desisto de contestarle. El simplón de Caius no ha seguido la actualidad en estos últimos dos mil años y hay que explicarle todo. Menos mal que se ha acercado Bernardo, que vivió aquella guerra de principios del XIX y  seguro me aporta algún dato.

«Es cierto, Nacho» ̶  empieza comentando Bernardo, «el pobre Santiago Sas y el Padre Boggiero fueron asesinados a bayonetazos sobre ese puente tras la rendición de Zaragoza a los franceses»

«Pero creo que la cruz recuerda a tres personas» ̶  le puntualizo.

«Sí. El otro era José María Joaquín Vicente de L’ Hotellerie de Fallois y Fernández de Heredia, Barón de Warsage, un curioso personaje nacido en Calatayud pero de origen flamenco, que también murió sobre el puente, aunque éste en plena refriega»

Entretenido con esta historia, casi se me olvida comentar ese otro elemento que aparece en la fotografía, ese edificio con múltiples torres que suele asociarse a la imagen de la ciudad. Un edificio singular. O no tanto, porque las dimensiones de su planta son exactas a las del templo de Artemisa (diosa virgen y madre) en Éfeso, una de las siete maravillas de la antigüedad.

Es curioso que la Virgen María, dice la tradición, tras visitar las orillas del Ebro, viajara hasta Éfeso para tener allí su última morada en la tierra. Tendré que hablar con algún asociado de la época romana más culto que Caius a ver si me da alguna pista.

Nacho de Zaragoza (España)

 

Siempre termino seducido por determinada belleza y por lo que muchas veces entraña como misterio, como magia un enigma al que nunca le he buscado respuestas. 

 No siempre es el fotógrafo quien ve la foto. Ella siempre ha estado ahí esperando que te dignes en descubrirla (si de verdad te consideras un fotógrafo de marras), hasta el día que te sale al paso y se crea esa sutil complicidad llena de coquetería, con un poder de imantación irresistible (como suele suceder a veces entre un hombre y una mujer que se cruzan miradas) y en cuestión de segundos, tú que andas levitando de amor por la ciudad elegida para tus años de vida, te percatas que todo parece perfecto: la luz, el color, la temperatura ambiente, la posición del sol, el ángulo, la perspectiva, la ubicación de los sujetos, la proyección con fuerza visual...y sin pensarlo mucho - porque ya estás definitivamente atrapado por ella; es la foto quién te está somatizando- haces el clic de la perpetuidad sin darte cuenta que debiste agacharte más y tomar la cruz a tamaño completo, pero a esa hora mágica te olvidas de las reglas de los tercios, de la composición perfecta, del encuadre idóneo, te olvidas de todo porque es la belleza quien te ha hecho la foto a ti, dejándote suspendido en un solo clic como suele hacer siempre la fuerza de un beso. Un beso que suena así...

 Budy de Bayamo (Cuba)


sábado, 6 de septiembre de 2025

Sas /1

 


Cuando moré en Zaragoza en el pasado siglo XX, solía acceder por Candalija a la calle Alfonso con estas mismas vistas que retrató el fotógrafo bayamés, es decir, con la Plaza de Sas al fondo.

Aunque en la presente imagen hay algo que se interpone y que yo nunca vi entonces: la gigantesca figura de un ser desnudo que parece portar un par de animales. Supongo que será reciente su aparición en medio de las calles zaragozanas, aunque debo decir que yo esa escultura ya la había visto en vida en algún otro lugar.

«Mira, Ramiro. Ahí estaba la plaza del Carbón» ̶  oigo decir a Artal, noble del siglo XV que en ese momento miraba la foto, junto a su amigo, por encima de mi hombro.

«Y en su interior se encontraba el Peso del Rey» ̶  le contesta el tal Ramiro.

«Calculo» ̶  prosigue Artal, «que la estatua estaba donde en nuestra época discurría el Trenque de Ximeno Gordo»

«¡Menudo tipo el Ximeno Gordo!» ̶  exclama el otro. «Tuvo que venir el futuro rey Fernando, entonces príncipe, a sofocar la revuelta de los “populares” y ajusticiar en la Aljafería a Ximeno Gordo, su cabecilla»

«Sí, recuerdo que expusieron su cadáver junto al Mercado ¡Qué tiempos!» ̶  sentencia su amigo.

Ajeno a esa charla, un asociado, coetáneo mío, me reclama para confirmarme que esa escultura también él la vio en otro sitio, entregándome una fotografía para confirmarlo.

¿Será que aquel hombretón de bronce bajó de su pedestal para visitar las calles zaragozanas?



Nacho de Zaragoza (España)


Poco sé yo de cómo era la Zaragoza de principios del siglo XX. Si bien el mundo no era nuevo, si lo empezaba a ser en modernidad y tecnología avanzada. Y para los primeros años, exactamente en 1928, el artista plástico y escultor aragonés Pablo Gargallo, avezado en dominar técnicas de fundición del arte moderno, elaboró en bronce la escultura de la que hoy mis muertos asistentes me susurran al oído. Nada más y nada menos que "El pastor del águila".


Uno de los difuntos vivientes dice parecerle haberla visto en otro sitio, fuera de su actual emplazamiento en la calle Alfonso I, esquina Candalija, pero lo real es que la segunda foto que avisoro dentro de esta zaragozacuántica está ubicada en la plaza Cataluña de Barcelona desde el mismísimo 1928. La que atesora Zaragoza en su céntrica calle devenida paseo peatonal, fue reproducida igualmente en bronce, con el mismo molde, y erigida en ese pedestal en mayo de 2003...que por cierto, tiempo después, intentaron robarla de ahí, pero los ladrones solo lograron mover la base del pedestal.


La escultura representa a un pastor protegiendo a su rebaño del ataque de un águila, a la cual enfrenta con su mano izquierda, mientras que con la derecha, parece acariciar a una de sus crías. Su ubicación enfila los pasos hacia desde dónde yo la tomé. Venía del museo Pablo Gargallo, su autor, cuando me llamó la atención el torso desnudo, la posición, el fondo (que ahora se que es la plaza SAS) y el águila intrépida y bestial. No sé por qué recordé a una escultura de Hércules ubicada en la Plaza Nuestra Señora en Florencia. Seguro que es por la definición de sus músculos.

En mi paso fugaz por Zaragoza en el 2019 la vi por primera vez y tengo de recuerdo una foto donde el pastor parece decirme: "Te espero dentro de poco para contarte mi historia". Y ya ven, aquí estoy.

Budy de Bayamo (Cuba)