El bullicio del corazón del Tubo debió atrapar, como a tantos otros, al fotógrafo cubano, con el dilema de detenerse el tiempo necesario para liquidar una croqueta o seguir caminando y tirar para Estébanes o para Libertad.
«Pues que sepa, que si va para
Estébanes hollará el lugar donde los Estévanes tenían su casa solariega» ̶ me comentó el jaqués Jaime Ramírez, antes de
glosar la figura del patriarca de aquel linaje. «García Estevan se llamaba y
era de nuestras montañas jaquesas» ̶
continuó Ramírez con orgullo, «yo mismo serví a sus órdenes en las
tropas del Rey Alfonso que entraron en Zaragoza en 1118 para echar a los
sarracenos»
Sospecho que al viandante de hoy
le tiran más las tapas que la historia y tal vez opte por adentrarse en Libertad,
a la que alguno, en los primeros años del siglo XX, pudiera llamarla “Libertinaje”,
por aquello de que, decían, estaba repleto de “casas de tolerancia”.
«En mis años, en el XIX» ̶ escucho decir a un desconocido a mis
espaldas, «esa calle se llamaba del Príncipe. Supongo que dedicada al Conde
de Fuentes, Príncipe del Sacro Imperio Romano-Germánico …»
No sé yo si todos estos cuentos
dejarían frío al de Bayamo y el relato que más le llegó fuera el que está escrito
a los pies del RETRATO DE DOÑA CASTA (en la foto), y que dice:
A LA EDAD DE 30 AÑOS REGENTÓ Y
FUE EL ALMA DE LA FAMOSA TASCA “LA LIBERTARIA”. MARCHÓ DE ZARAGOZA EN 1923 TRAS
EL CIERRE DEL ESTABLECIMIENTO POR ORDEN GUBERNATIVA. DICEN QUE LA VIERON POR LA
HABANA ACOMPAÑANDO A DON FRANCISCO ASCASO, PERO ESA YA ES OTRA HISTORIA …
Nacho de Zaragoza
El gallardo calza unas botas
altas de señorito burgués. Pertenece a un linaje de sangre española pero él ha
nacido en Cuba, nada más y nada menos que en Bayamo. Aún es joven, apenas 23
años y está en Zaragoza por medio de su padre que le ha costeado todos los
gastos de este viaje por Europa como regalo por su reciente título de Abogado.
Está lejos de saber que, pocos años después, su gallardía desatará una
irreverencia indomable que lo convertirá en el Padre de la Patria y que
luchará, a monte traviesa, contra las tropas españolas, deshaciéndose de todos
sus derechos y bienes materiales para enfrentar a la Corona.
Pero esta vez viene de comprar un
Goya, un pequeño óleo que muestra a un Jesús penando el calvario de la Cruz.
Gusta del arte y en su tierra ha escrito obras de teatro, poesía, canciones, y
toca el violín a la perfección. Unos amigos lo han llevado a degustar lo mejor
de la comida aragonesa y le agrada el ambiente que emerge de ciertos recovecos
laberínticos, fraguados en mezcla de aromas, esencias y olores que lo mantienen
hechizado.
Lo atienden con soberana
displicencia y él se fija en los ojos de una niña que juega entretenida cerca
de su mesa. La niña lo mira fijo y retiene en sus pupilas la forma del bigote,
los pómulos pronunciados y una incipiente calvicie en el distinguido visitante.
Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, quien no sabía en ese momento que se
convertiría en el primer presidente de la República de Cuba en Armas, le hace
un gesto a la niña y ella camina hasta el gallardo. Él se fija que del cuello
de la niña cuelga una fina cadena de oro de la que pende un crucifijo parecido
al óleo. Toma la pintura y se la regala a la niña y en gesto paternal le
zarandea la cabeza.
Nunca más se volvieron a ver. En
1923 se dice que a esa niña zaragozana, ya convertida en mujer, se le vio
por Cuba de la mano de un joven distinguido. Se comenta también que la vieron
por Bayamo, visitando las ruinas de la que fuera la casa cuna del insigne
patriota; se dice que abrazaba con fervor un óleo de Goya; se dice que lloraba
con delicada pasión; se dicen muchas cosas; pero puede ser que todo esto no sea
más que una fabulación delirante de un fotógrafo cubano parado frente a una
pintura en el corazón del Tubo, que habla de una tal Doña Casta a la cual un
día la vieron por la Habana de la mano de un tal Don Francisco Ascaso.
