“… mecánicamente, agobiado por la insulsa jornada y ante
la perspectiva de un triste día por venir, llevé hasta mis labios una cucharada
de té en la que había dejado ablandar un pedacito de magdalena. Pero en
el instante mismo en que el sorbo mezclado con las migas de la torta tocó mi
paladar, me estremecí, atento a lo que pasaba de extraordinario en mí. Un
placer delicioso me había invadido, aislado, sin la noción de su causa. Había
vuelto, en un instante, las vicisitudes de la vida indiferentes, sus desastres
inofensivos, su brevedad ilusoria, de la misma manera en que opera el amor,
llenándome de una esencia preciosa: o tal vez esa esencia no estaba en mí, era
yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde
había podido venirme esta poderosa alegría? Sentía que estaba ligada al gusto
del té y de la torta, pero que lo sobrepasaba infinitamente, no debía ser de la
misma naturaleza. ¿De dónde venía?”
… decía Proust en un texto que
recuerdo al ver la torre de la Magdalena en esta imagen firmada por Oma
de San Cristóbal.
Sí, Magdalena o Madalena, que de
estas dos maneras se denomina la torta que debió tomar el señor Proust, y
también el barrio zaragozano presidido por esa torre mudéjar aledaña a la
antigua Porta Prima romana, en un extremo del Decumano.
«¿Torre mudéjar? ̶ me cuestiona el zagrí Yusuf, vecino de la
Saraqusta del siglo XI. «Ese es el alminar que presidía las tumbas de los
tabíes junto a la Bâb al-Quibla. Luego los cristianos lo resignificaron y
cambiaron la historia»
Lo cierto es que, fuera como
fuera, es bellísima. Su figura domina la encrucijada en que confluyen la bajada
de San Cristóbal, el Decumano (hoy Calle Mayor), el Coso Bajo y la que fue sede
del “Estudio General de Artes” de Zaragoza desde 1474.
Confluencias y confusiones de
calles, sabores y recuerdos, que nos remiten desde la belleza a historias como
la de una tal Madeleine que
repartía a los que hacían el Camino de Santiago pastelitos en forma de concha,
símbolo de ese peregrinaje; o a la de aquella María de Magdalia, a
cuya advocación se dedica la torre más bonita de la ciudad.
Nacho de Zaragoza (España)
¡Madalena!
El caso es, que tenemos la tendencia de definir todo lo que hacemos,
pero para mi las madalenas o “ponquecitos” fueron la forma con la que conseguí
brindar un pedacito de mi corazón a la gente que me rodeaba, por allá en el
2015. El compartir algo delicioso con mis amigos en el descanso de la jornada
laboral, fue la manera de expresarles mi amor (quizás ese mismo del que habla
Proust) y su manera de dejarme saber que se me daba bien esto de los dulces,
nos permitió darnos cuenta de que esto es lo que realmente me apasiona y por lo
que hoy en día, en pleno 2025, estoy transitando.
Así fue como las madalenas me iniciaron en este “camino”, el que hoy creo que es mi camino, y en mi transitar por España también me encuentro con historias como la de una tal Madeleine que repartía pastelitos en forma de concha a los que hacían el Camino de Santiago, camino que también quiero recorrer; o a la de aquella María de Magdalia, a cuya advocación se dedica la torre más bonita de Zaragoza, a la que un día decidí fotografiar para conservar, no solo en mis recuerdos, su hermosa presencia.
Oma de San Cristóbal (Venezuela)
