No voy a suponer que el camarógrafo cubano estuviera perdido
cuando llegó hasta el lugar de la fotografía, siguiendo los sonidos de la
“Campana de los Perdidos”, pues en el siglo XXI hay otros medios tecnológicos
para orientarse. O para perderse del todo.
Pero el hecho es que esa torre contiene desde el XVI una
campana tocada para orientar a los perdidos en la niebla.
«Así era,» ̶
me confirma Miguel Donlope, «desde ese campanario de la iglesia
mudéjar de San Miguel de los Navarros, se tañían hasta treinta y tres
campanadas diarias con ese fin.»
«Bueno, Miguel,» ̶
le interrumpo, «no diga usted muy alto lo de mudéjar, no le vaya a
oír Yusuf y le replique que en realidad era un alminar musulmán»
«Dirá lo que quiera ese zagrí, coetáneo mío en el XI» ̶ tercia iracundo el soldado jaqués Jaime
Ramírez, «pero lo que no podrá refutar es que allí estaba el límite de la
judería extramuros y el de la propia Saraqusta, y por allí entraron mis
compañeros navarros a las órdenes de Alfonso I»
Como siempre, cada vez que comento una foto con mis colegas,
compruebo que la historia no es unívoca. Y así me lo refrenda Vicente Andrés,
cronista del siglo XIX: «En el lugar desde el que se hizo esa foto, se
encontraba la Puerta del Duque de la Victoria, que en realidad más que una
puerta era un arco del triunfo en honor a Espartero»
Ya lo ven, andamos tan perdidos en el presente como en el
pasado. Oímos campanas sin saber de dónde. Y por cierto, una recomendación para
nuestro artista bayamés: “Acérquese a las 22:05 al lugar que fotografió y tal
vez puede escuchar treinta y tres campanazos. Si es así, quien sabe si consiga
encontrarse”.
Nacho de Zaragoza (España)
Hecho de una naturaleza tras humana,
reconociéndome como parte de una esencia y sustancia de partículas cósmicas, me
urge refutar lo de "perdido por ahí" dicho por uno de estos hablantes
finados. El viajante eterno que soy a través del tiempo me hace saber que nunca
he estado perdido, ni nunca he buscado una dirección especifica que no sea la
única senda que me indica VIVIR. Existir. Y en ese proyecto de pertenencia me
muevo sin rumbo fijo, sobre todo cuando se trata de perpetuar la imagen que se
presenta ante mis ojos.
Soy un andariego atrapando luces
y sombras. Muchas de mis fotos responden, básicamente, a una respuesta
emocional, a la aprehensión de lo visto conectado con mi alma. Y sobre todo si
lo visto está plegado de cierta belleza; aunque ese no sea el quid fundamental
de hacer clic, pero la mayoría de las veces esa es la intención: captar lo
bello, aún en lo considerado feo, aún en lo desconocido, aún en el misterio de
no saber a veces por qué lo hago.
Me alegra que esta foto haya
traído el variopinto disloque crónico de historiadores y celebridades que no
coinciden en datos exactos, excepto esas 33 campanadas que buscaré hoy mismo a
las 22:05 de mi noche mágica, perdido no se sabe por dónde y hacia dónde.
Budy de Bayamo (Cuba)
