Estaba yo calibrando las múltiples imposturas que refleja
esta imagen, cuando Rafael, un criado de los Torrero que sirvió en el siglo
XVI, exclamó: «¡Esta portada no es de esa casa! Yo la vi en la Judería, en
la calle del Limón. Daba entrada al palacio del notario Salabert»
Asentí con la cabeza. Bien sabía yo, morador de la Zaragoza del
siglo XX, centuria en la que aquellas piedras fueron trasladadas desde el otro
extremo de la ciudad romana al lugar de la fotografía, que las palabras de
aquél fámulo converso estaban cargadas de razón.
Mas no fue precisamente esa portada barroca la que convocó a
mis colegas alrededor de la instantánea, sino ese, para muchos, extraño objeto
rojo que contenía un ser humano asomando en su interior. Algunos, tal vez por
las ruedas, aventuraron a decir que se trataba de un artilugio móvil y hasta el
exlegionario romano Caius llegó a preguntar: «¿Pero dónde están los caballos
de esa cuadriga?»
A mí, sin embargo, lo que más me inquietaba era esa
silla y la sombra de sus hermanas
apiladas. La primera, tan fuera de lugar, como invitando a contemplar los
restos de la muralla romana, ocultos en la imagen. Las otras, fijando la hora
solar, para avisarnos de que eso ocurrió en un instante concreto, con elementos
de distintas épocas, sí, pero confluyendo en una misma metáfora de
tempiternidad.
Nacho de Zaragoza
(España)
Fue un domingo en esta primera quincena de Abril. Hizo un
excelente día de sol a pesar del empecinado invierno aragonés que este
año ha hecho resistencia en largarse con todo su imperio de frío que nos cala
hasta los tuétanos. No era mi intención hacer fotografías ese día; el magro
celular que hasta hace poco me acompañaba, no me inspiraba a tomar fotos de
baja calidad, pero a veces la foto te está esperando (siempre hay una escena de
la vida digna de perpetuarse a través de un click) y a mí siempre me han
gustado los detalles arquitectónicos relacionados con temas religiosos o de
expresión espiritual.
El sol no sólo estaba dejando una cálida temperatura
ambiente, también ejercía un papel de vital importancia en mi mirada inquieta y
sensible, y al dejar tras mi espalda las ruinas del recinto amurallado de la Cesaraugusta
milenaria, se me reveló esa conjunción de lo moderno con la antigüedad, imaginé
al BMW atravesando el pórtico, atemporalmente deslumbrando un mundo que
aún desconocía las formas de la modernidad, cuyos habitantes del siglo XV
se preguntaban qué demonios era ese "bicharraco raro" con cuatro
ruedas de goma.
Días después, andando por ahí, parado en una intercepción de la calle Coso, cerca del barrio La Magdalena, el espectro sutil de un espíritu aragonés se posesionó en mi nuca y pegando un silbido de palabras a mi oído, me susurró: «Piedra a piedra, detalle a detalle, la puerta de la que ahora hablas, fue trasladada de este lugar hacia el sitio donde hiciste la foto. Este era un barrio judío, que se fue desintegrando con el paso del tiempo y con las modificaciones urbanísticas que sufrió Zaragoza". Entendí entonces que detrás de cualquier accidental foto, con sol o con noche cerrada, puede haber la más interesante y atractiva historia.
Budy de Bayamo (Cuba)
