martes, 15 de abril de 2025

Sora

 


Estaba yo calibrando las múltiples imposturas que refleja esta imagen, cuando Rafael, un criado de los Torrero que sirvió en el siglo XVI, exclamó: «¡Esta portada no es de esa casa! Yo la vi en la Judería, en la calle del Limón. Daba entrada al palacio del notario Salabert»

Asentí con la cabeza. Bien sabía yo, morador de la Zaragoza del siglo XX, centuria en la que aquellas piedras fueron trasladadas desde el otro extremo de la ciudad romana al lugar de la fotografía, que las palabras de aquél fámulo converso estaban cargadas de razón.

Mas no fue precisamente esa portada barroca la que convocó a mis colegas alrededor de la instantánea, sino ese, para muchos, extraño objeto rojo que contenía un ser humano asomando en su interior. Algunos, tal vez por las ruedas, aventuraron a decir que se trataba de un artilugio móvil y hasta el exlegionario romano Caius llegó a preguntar: «¿Pero dónde están los caballos de esa cuadriga?»

A mí, sin embargo, lo que más me inquietaba era esa silla  y la sombra de sus hermanas apiladas. La primera, tan fuera de lugar, como invitando a contemplar los restos de la muralla romana, ocultos en la imagen. Las otras, fijando la hora solar, para avisarnos de que eso ocurrió en un instante concreto, con elementos de distintas épocas, sí, pero confluyendo en una misma metáfora de tempiternidad.

Nacho de Zaragoza (España)

 

Fue un domingo en esta primera quincena de Abril. Hizo un excelente día de sol  a pesar del empecinado invierno aragonés que este año ha hecho resistencia en largarse con todo su imperio de frío que nos cala hasta los tuétanos. No era mi intención hacer fotografías ese día; el magro celular que hasta hace poco me acompañaba, no me inspiraba a tomar fotos de baja calidad, pero a veces la foto te está esperando (siempre hay una escena de la vida digna de perpetuarse a través de un click) y a mí siempre me han gustado los detalles arquitectónicos relacionados con temas religiosos o de expresión espiritual.

El sol no sólo estaba dejando una cálida temperatura ambiente, también ejercía un papel de vital importancia en mi mirada inquieta y sensible, y al dejar tras mi espalda las ruinas del recinto amurallado de la Cesaraugusta milenaria, se me reveló esa conjunción de lo moderno con la antigüedad, imaginé al BMW atravesando el pórtico, atemporalmente deslumbrando un mundo que aún desconocía las formas de la modernidad, cuyos habitantes del siglo XV  se preguntaban qué demonios era ese "bicharraco raro" con cuatro ruedas de goma.

Días después, andando por ahí, parado en una intercepción de la calle Coso, cerca del barrio La Magdalena, el espectro sutil de un espíritu aragonés se posesionó en mi nuca y pegando un silbido de palabras a mi oído, me susurró: «Piedra a piedra, detalle a detalle, la puerta de la que ahora hablas, fue trasladada de este lugar hacia el sitio donde hiciste la foto. Este era un barrio judío, que se fue desintegrando con el paso del tiempo y con las modificaciones urbanísticas que sufrió Zaragoza". Entendí entonces que detrás de cualquier accidental foto, con sol o con noche cerrada, puede haber la más interesante y atractiva historia.

Budy de Bayamo (Cuba)