Se me ocurre enseñarle esta
fotografía al poeta del siglo IV Prudencio, destacado miembro de nuestra
póstuma Asociación, indicándole el lugar exacto en que se sitúa ese teatro.
«¡Pues no me extraña que
llamaran así a ese lugar» ̶ exclama
el autor de la Psychomachia, « teniendo en cuenta que, según me dices,
está junto a la puerta meridional de Caesaraugusta, al final
del Cardo. Y, como es sabido, “Cardinal” y “Principal” vienen a significar lo
mismo!»
Pienso para mí, y sin querer
menospreciar la erudición del poeta, que no es ese el motivo del nombre.
«¡Pero cómo iba ser ese!» ̶ nos espeta de sopetón Marcelino, uno que fue
vidente a finales del XVIII y que me estaba leyendo el pensamiento, «El
verdadero motivo fue que quisieron destacarlo de otros teatros de la época,
cuando lo edificaron justo enfrente del que fue Coliseo de Comedias,
destruido años antes por un incendio»
«Y menudo incendio» ̶ interviene otro del XVIII que se acercó
también a nuestra pequeña reunión, «Setenta y siete personas murieron
allí. Incluso se llegó a prohibir el teatro por el Rey»
«Y eso que la única función
de ese corral de comedias» ̶ apuntala
el vidente, «era financiar al propio Hospital Nuestra Señora de Gracia,
en cuyo interior se encontraba»
«¡Pero ¿cómo pueden decir
que el arte de Plauto o Terencio solo tiene fines recaudatorios?!» ̶ bramó Prudencio, indignado.
Entre dimes y diretes, hemos
formado un corrillo y representado un entremés alrededor de esa foto remitida
por el cubano. No sé si a él le pasó lo mismo, pero a mí se me antoja que las
encaramadas Talía, Melpómene, Euterpe y Terpsícore, además de musas de lo que
se representa tras la fachada, ofician de espectadoras pétreas de los que actuamos
de este lado, el verdadero teatro principal.
Nacho
de Zaragoza (España)
Pues sí, estimado amigo espíritu
maño... no sólo que las musas del Olimpo presencien desde lo alto el dime y te
diré de estos difuntos caballeros que aún, vivido estos espacios citadinos de
la Cesaragusta milenaria, discutan la existencia y consistencia de sus datos
reveladores; sino que estas cuatro diosas hermosas; aún perciben los
contradichos tozudos de cualquiera que pase bajo sus sagaces miradas, perplejas
de que en miles de años, los vivos y los muertos siguen siendo la misma
irracionalidad irremediable.
No por gusto este servidor del
lente artístico las atrapó en franca complicidad y recordó el pasaje en que el
joven José Martí, apóstol crístico de Cuba, en su estancia zaragozana,
traspasara el umbral de este fascinante teatro más de una vez, allá por 1873
para deleitarse con el bel canto de los tenores Antonio Aramburo o
Andrés Marín, cuyas voces, como si fueran truenos de suave y lírica
tempestad, lo llevaban a navegar otras dimensiones de su incipiente espíritu
emancipador.
No sé si para entonces, ellas ya
estaban colocadas ahí, pero imaginarlas ver entrar al hijo más grande de mi
patria es la licencia que me atribuyo, sirva o no para una buena controversia
afectiva con el tal Nacho de Zaragoza.
Budy de Bayamo (Cuba)
