miércoles, 15 de octubre de 2025

Principal

 


Se me ocurre enseñarle esta fotografía al poeta del siglo IV Prudencio, destacado miembro de nuestra póstuma Asociación, indicándole el lugar exacto en que se sitúa ese teatro.

«¡Pues no me extraña que llamaran así a ese lugar» ̶  exclama el autor de la Psychomachia, « teniendo en cuenta que, según me dices, está junto a la puerta meridional de Caesaraugusta, al final del Cardo. Y, como es sabido, “Cardinal” y “Principal” vienen a significar lo mismo!»

Pienso para mí, y sin querer menospreciar la erudición del poeta, que no es ese el motivo del nombre.   

«¡Pero cómo iba ser ese!» ̶  nos espeta de sopetón Marcelino, uno que fue vidente a finales del XVIII y que me estaba leyendo el pensamiento, «El verdadero motivo fue que quisieron destacarlo de otros teatros de la época, cuando lo edificaron justo enfrente del que fue Coliseo de Comedias, destruido años antes por un incendio»

 «Y menudo incendio» ̶  interviene otro del XVIII que se acercó también a nuestra pequeña reunión, «Setenta y siete personas murieron allí. Incluso se llegó a prohibir el teatro por el Rey»

«Y eso que la única función de ese corral de comedias» ̶  apuntala el vidente, «era financiar al propio Hospital Nuestra Señora de Gracia, en cuyo interior se encontraba»

«¡Pero ¿cómo pueden decir que el arte de Plauto o Terencio solo tiene fines recaudatorios?!» ̶  bramó Prudencio, indignado.

Entre dimes y diretes, hemos formado un corrillo y representado un entremés alrededor de esa foto remitida por el cubano. No sé si a él le pasó lo mismo, pero a mí se me antoja que las encaramadas Talía, Melpómene, Euterpe y Terpsícore, además de musas de lo que se representa tras la fachada, ofician de espectadoras pétreas de los que actuamos de este lado, el verdadero teatro principal.

 

Nacho de Zaragoza (España)

 

Pues sí, estimado amigo espíritu maño... no sólo que las musas del Olimpo presencien desde lo alto el dime y te diré de estos difuntos caballeros que aún, vivido estos espacios citadinos de la Cesaragusta milenaria, discutan la existencia y consistencia de sus datos reveladores; sino que estas cuatro diosas hermosas; aún perciben los contradichos tozudos de cualquiera que pase bajo sus sagaces miradas, perplejas de que en miles de años, los vivos y los muertos siguen siendo la misma irracionalidad irremediable.

No por gusto este servidor del lente artístico las atrapó en franca complicidad y recordó el pasaje en que el joven José Martí, apóstol crístico de Cuba, en su estancia zaragozana, traspasara el umbral de este fascinante teatro más de una vez, allá por 1873 para deleitarse con el bel canto de los tenores  Antonio Aramburo o Andrés Marín, cuyas voces, como si fueran  truenos de suave y lírica tempestad, lo llevaban a navegar otras dimensiones de su incipiente espíritu emancipador.

No sé si para entonces, ellas ya estaban colocadas ahí, pero imaginarlas ver entrar al hijo más grande de mi patria es la licencia que me atribuyo, sirva o no para una buena controversia afectiva con el tal Nacho de Zaragoza.


Budy de Bayamo (Cuba)