Estuve enseñando esta foto de la
iglesia de San Pablo a varios de mis colegas que vivieron en Zaragoza después
del siglo XIV. Casi todos me comentaron el impresionante espacio que la torre
cristiana destinó a campanario y que se adivina tras los vanos más grandes.
Hasta que se la mostré a Yusuf.
«No tienen ni idea» ̶ me espetó, entre rabioso y resignado. «Ni
era cristiana, ni ese espacio estaba destinado a un campanario. Aquella torre octogonal
fue un alminar que se construyó en el siglo XI como maqbara para el Sultán de
la taifa y el espacio al que aludes fue su cámara mortuoria.»
«¿Pero los musulmanes no
entierran a sus muertos?» ̶ le
repliqué.
«¡Ay, amigo! Ya deberías
saber que las cosas no son negras o blancas. Por lo que yo sé, aquel Sultán era
chií, a diferencia del grueso de la población que éramos suníes. Y los chiíes
eran mayoritarios en Persia, donde todavía conservaban antiguas tradiciones del
“zoroastrismo” o “mazdeísmo”, entre ellas la de colocar a sus difuntos en las
alturas» ̶ me resumió
pacientemente Yusuf.
Tras esta breve lección de
historia, me quedé meditando sobre la relevancia de los motivos originales de
nuestras construcciones frente a lo que sugieren a quienes las contemplan en
cualquier época, como al propio autor de esta fotografía.
Y recordé la especial impresión
que me produjo la primera vez que observé la torre desde sus pies y me vinieron
a la cabeza aquellos versos finales del soneto que Gerardo Diego dedicara al
ciprés de Silos:
Cuando te vi señero, dulce,
firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,
como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.
Nacho de Zaragoza
(España)
«Si veis una cabeza de un
viejo canoso y demacrado rodando por ahí, no asustéis hijo bueno que es la mía
por defender la doctrina de mi señor Jesús». La voz me detuvo frente a
la gigantesca torre que se erige sobre la iglesia San Pablo. Luego prosiguió:
«Si...yo soy ese mismo de quien has oído hablar, pero de quien poco
sabes, porque tú te encargas de atrapar bellezas con historias, pero no siempre
hurgas en las historias» (Tenía razón, pero la observación me despertó un ligero enfado. Vaya viejete
regañón- me dije)
«Yo que nací en Tarso, en
la tribu de Benjamín. Mi nombre real es Saulo, tenía ciudadanía romana y eso me
daba un estatus de grandes influencias. Odié fervorosamente a los cristianos y
como fariseo que era, arremetí sin piedad contra aquellos que veneraban la
existencia de Jesús el Nazareno. Pero un día, camino a Damasco, vi una
luz que casi me ciega y escuché la voz divina de mi Señor. Su presencia fue la
revelación más convincente de su eterna presencia, y sus palabras transformaron
el espíritu que yo encarnaba. Desde entonces no hice otra cosa que recorrer
todo el mundo grecorromano propagando su palabra sobre el reino de los cielos y
fundando iglesias para que todos los gentiles supieran que Él era el camino, la
luz y la verdad. Entonces fui yo el odiado, el perseguido, el humillado, el
masacrado. Yo, el que renunció a todo su estatus, el que escribí las cartas más
importantes del Nuevo Testamento, el que me empeñé en darle vida eterna en la
palabra viva a quien dio la vida por nosotros y con su sangre pagó y limpió
todos nuestros pecados, yo...»
La voz del viejo se quebró de emoción y yo sentí el filo de un metal cortante
atragantando mi garganta, como si algo me cortara el aliento. Pareciera que mi
alma estaba allí en el año 63 d.C.
Fue entonces que miré a la torre y me pareció ver a un ángel, a un Santo, a un
hombre de inquebrantable fe. Y apunté con mi cámara y atrapé su vuelo; aunque
algunos miren la foto ahora y solo vean un pedestal muy alto cerquita del
cielo.
