Me dio por contemplar al alimón
estas dos fotografías. La primera, del cubano Budy; la segunda, de la
venezolana Oma. Únicos autores, hasta el momento, que nos han hecho llegar sus
imágenes.
Y no es extraño que ambas
contengan tal profusión de caras humanas, pues los edificios a los que
pertenecen datan de la misma fecha y, parece, que estaba de moda llenar las
fachadas de rostros.
«Es cierto, Nacho, que por
entonces era habitual poner caras de piedra en los edificios» ̶ me comenta Rafael, el criado de los Torrero,
al que he convocado para que me comente las fotos. «Pero si me has
llamado para que te diga a quiénes pertenecen, no soy yo la persona indicada.
Ni soy ducho en prohombres ni en mitologías»
«No era esa mi intención,
Rafael. Ya sé que a los Gigantes del portón de los Luna se les atribuye la
representación de Hércules o Teseo (aunque algunos dicen que este último es
Gerión) o que sobre el tímpano está el dios Helios. Y también sé quiénes dicen
estar representados en la fachada de la Lonja» ̶ le respondí. «No, esa tarea se la dejo
a historiadores, guías turísticos y wikipedias. De ti, que fuiste coetáneo de la
construcción de esos edificios mediado el XVI, solo quería saber tu impresión
ante tanta cara petrificada»
Rafael calló unos instantes.
Luego dijo: «Nunca lo entendí»
Tal vez estos fotógrafos del
siglo XXI lo entiendan, lo obvien o ya estén acostumbrados a tanta cara.
Nacho
de Zaragoza (España)
Mi primer deseo profesional
-inconsciente- era hacerme arquitecto. No sólo porque podría darle rienda a una
morfología imaginativa convertida en inmueble de uso social o particular; sino
por lo alegóricas y simbólicas que pueden ser las formas que uno concibe y que
sirve como otra forma de decir, un lenguaje desde la piedra tallada como son
estos casos que el difunto del siglo XX nos convida a Oma y a mí a discurrir
con estas fotografías que le han llegado a su buzón sideral.
Las miro y reflexiono: siempre he creído en los códigos esotéricos o profanos
de los que la humanidad se ha valido para decir a través de diferentes formas.
En aquellos tiempos que la mayoría de la población no sabía leer, estos rostros
funcionaban como un libro abierto: ayudaban a comunicar ideas de protección, de
poder o de fe. Se prestaban también para ahuyentar el mal y resguardar el
edificio y a sus convivientes. Otros mostraban el estatus del propietario, ya
fuera su linaje o su nivel de poder. Igual pueden verse como mensajes
moralizadores y hasta atemorizantes, recordando a cualquier espectador de la
vigilancia constante que tenemos de lo divino o la fragilidad de la que está
hecha el ser humano. Me recuerdan el pórtico de una iglesia recién visitada en
Calatayud, declarada Patrimonio de la Humanidad, donde en una columna aparece
la ósea carabela, símbolo de la muerte; y frente a ella, en columna semejante y
a la misma altura, el rostro de un niño como un ángel simboliza la vida.
En fin... que me ha gustado este
post y lo he disfrutado a mares inimaginables. Esas caras son, a la
larga, memoria esculpida, enigmas que sobrepasan al tiempo, miradas que
nos llenan de interrogantes necesarias de seguir despejando. Y por
ahí vamos…
Budy de Bayamo (Cuba)
Sabrá Dios por qué tanta cara
petrificada. Lo único que yo intuyo es que aún con el paso del tiempo, los
cambios en las maneras de vivir y el desarrollo de nuevas tecnologías, la
obsesión por las caras sigue viva. Y se siguen mostrando al mundo en cada
era según la herramienta que tenemos disponible, en aquellos tiempo eran de
piedra, hoy en día son fotografías digitales. Hemos creado espacios
exclusivos para lucir y compartir nuestras mejores caras, –no en vano una de las redes
sociales más utilizadas en estos tiempos es el Facebook, que traducido al
español significa Portada, Carátula o Fachada–, y como ésta algunas otras,
todas para mostrarnos, ajustándonos a los estándares sociales de estos
tiempos, evidenciando estatus, modos de vida, poder, belleza. La verdad, me
parece que van de lo mismo.
Pero como dice el dicho:
"caras vemos, corazones no sabemos"
De la misma manera pienso, que al
ser virtuales casi todos los registros de esta época, es probable que las
próximas generaciones en los siguientes siglos, no se tenga rastro nuestro
como aquellas caras de piedra.
Oma de San Cristóbal
(Venezuela)

