viernes, 7 de agosto de 2026

Sitios


Recuerdo una canción del siglo XX que decía: “Bares ¡qué lugares! tan gratos para conversar”, y no puedo dejar de pensar en la cantidad de lugares, o sitios, gratos que tiene Zaragoza. Quizás de ahí viene el nombre de ese monumento a los Sitios zaragozanos de la foto, ubicado en su homónima plaza.

«¡Pero qué dices, majadero!» ̶  interrumpe mis cábalas la Condesa de Bureta, heroína de los Sitios, de aquellos a los que de verdad se refiere el monumento. «¿O es que todavía estás borracho de tus visitas a esos bares?» ̶ continúa imprecándome, «¡Has de saber que los zaragozanos defendimos con bravura la ciudad sitiada por el poderoso ejército de Napoleón!».

«No, si eso ya lo sé» ̶  me defiendo. «Y sé que también nos sitiaron los ejércitos de Childeberto en el siglo VI, de Carlomagno en el VIII o de Abderraman en el X. Yo solo pretendía hacer una asociación de palabras, como hacía mi madre cuando decía que Zaragoza es la ciudad de los sitios».

Ni me respondió la señora. Hizo girar sobre sus pies la aristocrática y heroica figura que se trajo del XIX y me dejó solo con mis asociaciones.

En ese estado, me vino a la mente otra figura, la del autor de la foto. A ese sí que le gustan las asociaciones y disociaciones lingüísticas. Le hablas de ‘peras’ y te contesta con ‘manzanas’ ¡A ver por dónde nos sale esta vez! ¡Con qué cuento nos responde!

Nacho de Zaragoza (España)


Menuda provocación me incita

el maño que doy por muerto

que no por muerto me atrevo

hablar con rima y lo convenzo 

que a buen cubano letrado

en asuntos pronunciados

la historia le viene arriba

no importa si es en los Sitios

o en sus alrededores con bares 

importa que dos juglares

de milenios diferentes

tozudos y cabezones

se den con la nariz en la frente 

escribiendo a contracorriente

lo que uno espera del otro

las cosas que no son polvo

sino importantes datos de historia 

que en esta foto no hay derrota

sino toda una proclama

de aquel campo de batalla

frente a las huestes napoleónicas 

una mujer alza la bandera

empina el pecho y grita

por Zaragoza mi sangre

por Zaragoza mi vida.

Y así voy dejando al maño 

con su escuálido tamaño

estos versos mal rimados

desafiando su destreza

de contar buenas historias 

con increíble belleza. 

 

Budy de Bayamo (Cuba)


domingo, 12 de julio de 2026

Lanuza


 

Comento esta foto con Garcí Ximénez, legendario primer Rey de Aragón , allá por el siglo VIII.

«Muchos dicen de ti que eres solo una leyenda» ̶  le digo.

«Pues no,» ̶  me contesta, «en el mismísimo lugar de San Juan de la Peña me aclamaron como Rey, tras la conquista de Aínsa a los moros, y allí juré los Fueros de Sobrarbe».

«¿Entonces es cierto lo que se dice en Aragón que “antes leyes que reyes”?» ̶  le pregunto.

«Así era en un principio. Y para defenderlo se establecía en los Fueros el cargo de “juez medio”, del que proviene la figura de “El Justiziazgo”, uno de cuyos representantes, Juan de Lanuza el Mozo, está inmortalizado en el monumento que muestra la imagen» ̶  me explica Garcí Ximénez.

«Doy  fe de lo que dice este hombre» ̶  nos interrumpe el pintor del XIX, Pablo Gonzalvo. «Mi amigo José Martí pudo comprobar in situ el recelo de los aragoneses ante el poder absoluto que no respeta las leyes que el pueblo se ha dado. De ahí esos versos que escribió en Zaragoza:»

“Estimo a quien de un revés
echa por tierra a un tirano:
lo estimo, si es un cubano;
lo estimo, si aragonés.

Seguro que esta referencia al prohombre cubano habrá removido el alma del retratista caribeño y tal vez le motive a volver a visitar el monumento para leer el mismísimo texto de los Fueros de Sobrarbe que viven allí inscritos en piedra.

Y si alza la vista, o es capaz de mirar a vuelo de dron, quizás pueda también conocer la leyenda que aparece en el ecuador de la esfera pétrea que corona el conjunto escultórico.

Nacho de Zaragoza (España)

 

Había algo raro en ese día de diciembre. Las temperaturas estaban por debajo de 10 grados pero algo en mí, emitía una corriente sutil que más allá de darle calor a mí cuerpo, producía la sensación de un hormigueo desesperante alrededor de mi cuello. Llevo en el alma 400 años de sentimiento por la cometida de una arbitrariedad sin precedentes; el hombre que no tuvo pelos en la lengua allá en el siglo XVI y fue decapitado en la plaza donde ahora ocupa parte de su espacio el Mercado Central de Zaragoza. Se llamaba Juan de Lanuza y Urrea, y lo he pensado mucho mientras pulía la piedra. 

Me ha tocado como grabador, escultor y dibujante, tallar las palabras, los escudos y los ribetes de esta inmensa placa de mármol. Y aquí estamos ahora, en digno homenaje a su nombre, gritando desde una fervorosa impotencia lo que la lápida deja a la vista de todos. 

Discurro la imagen de Felipe II que sin juicio previo ordenó la decapitación del justo defensor de derechos y dignidades, y otra vez me viene el hormigueo alrededor del cuello y es como sentir el filo abyecto de la guillotina en su mordaz corte, callando de un tajo la muchedumbre enardecida que ha venido a proclamar justicia por EL JUSTICIA.

Es raro este asunto de los pensamientos, la imaginación, la historia y los protagonismos. ¿Será por eso que mi madre decidió llamarme Juan? 

 Budy de Bayamo (Cuba)


sábado, 13 de junio de 2026

Aljafería

 


Últimamente parece que las fotos recibidas en este buzón nos llevan a mirar hacia el interior.

«A mí no me ha costado mucho identificar la localización de esta imagen.» ̶  le comenté a mi amigo Jesús, contemporáneo mío antes de traspasar el umbral. «En seguida me di cuenta de que ese era el pozo que hay en el interior de la Aljafería junto a la Torre del Trovador».

Él no pestañeo y, aunque sus ojos también se fijaban en la imagen, me pareció que no me hacía ni puto caso, porque de pronto se puso a cantar en italiano:

Ah!, si, ben mio, coll’essere io tuo, tua mia consorte,

avrò più l’alma intrépida, il braccio avrò più forte

«¿No sabía que conocieras la lengua del divino Dante?» ̶  le dije, sorprendido.

«¡Qué va! Lo que pasa es que cuando hablaste de la Torre del Trovador de la Aljafería, me vino enseguida la famosa aria de Il Trovattore de Verdi en la que Manrico declara su amor a Leonora. Seguro que algún guía turístico le fue también con ese cuento al fotógrafo cubano» ̶  me contestó.

«Pues te equivocas» ̶  repliqué, «porque ésta foto no nos la envió el de Bayamo, como acostumbra, sino la venezolana Oma».

«¡Basta ya de estupideces!» ̶  irrumpió Yusuf, que se nos había arrimado, tal vez atraído por el canturreo de Jesús y siempre dispuesto a reivindicar la importancia de los logros musulmanes. «Aquí lo importante es el propio palacio que construyeron los soberanos de la taifa Saraqustí en el siglo XI junto a esa torre que hoy llamáis del Trovador».

No le repliqué. Puede que tenga razón, pero a veces me cansa ese empeño que seguimos teniendo en reclamar un lugar en la historia. Y más ya muertos, cuando sabemos lo relativo que es todo. En fin, que prefiero hundirme en la fotografía a ver si llego hasta las capas freáticas del Ebro y me refresco.

 

Nacho de Zaragoza (España)

 

Siempre me ha llamado la atención la costumbre de lanzar monedas a los pozos de agua, como si en ese pequeño gesto depositáramos nuestros deseos más profundos. Sin embargo, lo que realmente despertó mi asombro fue el pozo de la Aljafería: un pozo dentro del recinto, sin agua, y aun así lleno de monedas en el fondo.

Quizás eran monedas de distintos países, de diferentes valores, pero todas tenían algo en común: cada una representaba un deseo, una esperanza o un anhelo muy personal de quien la lanzó.

Y entonces pensé que tal vez deberíamos hacer el mismo ejercicio, pero mirando hacia nuestro interior. Buscar en el fondo de nuestra alma y descubrir que el éxito, la fortuna y la prosperidad que tanto anhelamos no están en el fondo de un pozo, sino dentro de nosotros mismos. Quizás aquello que simbolizamos con una moneda ya habita en nuestro interior, esperando ser encontrado.

 

Oma de San Cristóbal (Venezuela)


viernes, 29 de mayo de 2026

Engracia

 


El fotógrafo Budy nos ha enviado al buzón digital esta imagen característica de la nocturnidad zaragozana, retratando un lugar preñado de historias milenarias.

«¡Y tanto!» ̶ exclama el luso Joao, que comparte conmigo su contemplación. «En mi época, allá por el XI, los que profesábamos la Fe de Cristo salíamos de la Medina musulmana por túneles bajo tierra para ir hasta allí a venerar los restos de nuestra compatriota Engracia y sus santos compañeros».

No sabía yo de esos túneles extramuros. Aunque sé muy bien que hay otra ciudad oculta bajo tierra. Las fotografías no nos revelan su existencia salvo que algún día, al excavar, salgan a la luz como aquellos sarcófagos del siglo IV a los que Aurelio Prudencio cantó así: DE DIEZ Y OCHO LAS CENIZAS GUARDA MARTIRES SACROS. EN LA MISMA URNA. FIEL NUESTRO PUEBLO: A ZARAGOZA ASISTE GLORIA TAN ALTA.

«¿Pero no vas a decir nada del Monasterio Jerónimo que hubo en ese lugar?» ̶  me interpela el monje Rafael, que vivió por allí en el XVIII.

«Bueno, sí,» ̶ respondí melancólico, «pero su desaparición en el XIX, me lleva de nuevo a pensar sobre la imposibilidad de fotografiar esa otra oscuridad que es la ausencia»

«Aunque tal vez,» ̶ replicó Rafael, «la portada de la Iglesia continúe narrando, como una buena foto, aquellas ausencias. De lo que seguro habla es de otra oscuridad, que no es ni de lo enterrado ni de lo ausente, sino de lo que nuestra ceguera no nos permite ver».

Volví a mirar aquella imagen del retablo renacentista que los Gil Morlanes esculpieron en el XVI, para intentar descubrir lo que me indicaba el monje y que tal vez el cubano también descubriera al fijar la instantánea con su cámara.

Nacho de Zaragoza (España)


El goce  que experimento con este blog de Zaragoza Cuántica se torna cada vez multiplicado hacia una inesperada  e impredecible  cantidad de sentimientos y emociones que me asaltan cuando aprecio que una foto mía, no solo moviliza la vida cultural, histórica e intelectual de un séquito de finados aragoneses y maños de pura cepa que pernoctan en estado sideral, sino, porque de algún modo creo que cuarenta años después de haberme graduado de Filología, estoy completando un módulo de Historia Universal que al parecer, me faltó en Cuba y que hoy, en pleno 2026 del siglo XXI, producto de esa incansable vocación mía de atrapar bellezas de cualquier morfología y contenido estético, descubra gracias al buen Nacho de Zaragoza, tantos recovecos vivenciales que se insertan, se entrelazan y se bifurcan con la suma de siglos transcurridos en esta milenaria ciudad.

He anotado una bella expresión poética que me cautivó: "esa oscuridad que es la ausencia". A ella yo le agregaría una que es más lapidaria: "esa oscuridad que es la desmemoria", ese modo en que por algún sesgo de impiedad, los humanos matan y olvidan la memoria de los hechos como si algunos acontecimientos no merecieran perpetuarse en la eternidad. Y eso colinda perfectamente con la frase de lo oscura que puede ser la ausencia, porque donde no queden evidencias de lo que antes hubo, ni siquiera en fotos, es polvo del viento. 

Pero yo, cual soñador, loco, etérico, epidérmico en la actualidad donde miro la vida desde un prisma con menos nivel de aprehensión, me declaro irreductiblemente enamorado de la belleza, por eso mi Ego se sorprendió con esta foto que no recordaba su momento de captura y a la cual, más allá de todos los datos que Nacho me aporta, le encuentro valores que van desde el ángulo de toma, su perspectiva, el balance de las luces y las sombras, el equilibrio de los contrastes y la majestuosidad del enclave religioso. Lástima que desde esa distancia focal no se aprecien los detalles de la fachada que los renacentistas Gil Morlanes (padre e hijo) dejaron para la historia. 

Intentaré no ser  presa  nunca de esa ceguera  que no nos permite ver. Yo, más que mirar, veo. Y con ello logro hacer fotos que luego cuelo sutilmente en ese buzón del Más Allá para provocar discusiones, refulcas y tonos alterados entre anti-vivientes que se creen tener la absoluta verdad, pero que "entre coles y lechugas" aprendo un montón de materias que me faltaron en seis años de carrera universitaria.


Budy de Bayamo (Cuba)