Cada vez que en vida pasé por esa
plaza, cuyo nombre es debido a que allí se asentó en el XVI el linaje de los
Pomar, Marqueses de Ariño, no podía dejar de pensar en que esa escultura de
Eduardo Jimeno estaba fuera de lugar.
La razón estaba en el motivo de
la erección del monumento, que supuestamente era el de homenajear a la persona
que filmó la película “Salida
de la misa de doce de la Iglesia del Pilar de Zaragoza”, rodada
en el XIX y considerada la cinta española más antigua de las que se conservan
en la actualidad. Pero, si esto era así, ¿no sería más lógico que la estatua
estuviera frente a la Basílica en su propia plaza?
«Pues para mí lo importante
de la foto es el edificio de ladrillo que se adivina al fondo y en el que tuve
la fortuna de prestar mis servicios» ̶ me comenta Rafael, el criado de los Torrero,
propietarios de la Casa-Palacio renacentista a la que se refiere el lacayo.
Observando en silencio nuestra
charla ha permanecido Egnatius, el ibero que delineo la Centuriatio de
Caesaraugusta, hasta que en cierto momento, abandona su mutismo para
advertirnos: «Lo verdaderamente
relevante de esa fotografía está detrás de esos muros del fondo. Ellos mismos
constituyen el lado sur de la cuadrícula central de Caesaraugusta. Esa ínsula
central, o manzana, como ahora se llama, contiene en su interior el mismísimo Umbilicus
Urbis, aunque casi todos crean que se sitúa en el cruce del Cardo con el
Decumano».
Ante esta revelación, imagino que
si Eduardo Jimeno la conociera y pudiera retroceder casi dos milenios en el
tiempo, giraría su cámara de bronce unos noventa grados para filmar in situ la
escena fundacional de nuestra urbe.
A fin de cuentas, tal vez los
ediles modernos no estuvieran tan desacertados en colocar allí la estatua. Solo
les faltó orientarla adecuadamente.
Nacho
de Zaragoza (España)
Lo vi por primera vez en la primavera del 2019. Mis pasos estrenaban a la madre patria y después de la opulencia urbanística de Madrid y Barcelona, mi último espacio nacional se llama Zaragoza. Fue cuestión de horas mi estancia en tierra maña, pero mi cámara lo atrapó como el que descubre un universo de espejos desconocidos y sabe que en ellos conviven desde antes, destellos de ti.
La singularidad de una
escultura a tamaño natural, con un trípode y cámara de cajón siglo XIX me caló
profundamente porque derivó en el punto de reconocer que siendo mi país natal
uno de los primeros en América en desarrollar la fotografía, no existe ni un
solo monumento a ninguno de los grandes artífices de la luz que ha dado en dos
siglos la bendita isla.
Me regresé a Cuba, pero no olvidé
la escultura; mi memoria suele grabar con eterno fijador lo que el filtro de mi
mirada obtura. Cuatro años después volví a encontrarla. La recordaba en
posición contraría, como si todo el recinto enladrillado que encara, estuviera
en la acera que le queda a la espalda...ah, pero algo quería decirme esa
posición bifurcada, ese giro mío de 180 grados. Una acera comercial, un café
llamado Dídola y un edificio núm 28. Un fantasma que recorre Zaragoza, un tal
Nacho que roba mis fotos de algún espacio cibernético en mi ordenador. Me
inquieta la idea, me zozobra y me sobresalta mi inocente dejadez.
¿Pudiera usted, don Eduardo
Jimeno atraparlo con su cámara?
