lunes, 18 de agosto de 2025

Ariño

 


Cada vez que en vida pasé por esa plaza, cuyo nombre es debido a que allí se asentó en el XVI el linaje de los Pomar, Marqueses de Ariño, no podía dejar de pensar en que esa escultura de Eduardo Jimeno estaba fuera de lugar.

La razón estaba en el motivo de la erección del monumento, que supuestamente era el de homenajear a la persona que filmó la película Salida de la misa de doce de la Iglesia del Pilar de Zaragoza, rodada en el XIX y considerada la cinta española más antigua de las que se conservan en la actualidad. Pero, si esto era así, ¿no sería más lógico que la estatua estuviera frente a la Basílica en su propia plaza?

«Pues para mí lo importante de la foto es el edificio de ladrillo que se adivina al fondo y en el que tuve la fortuna de prestar mis servicios» ̶  me comenta Rafael, el criado de los Torrero, propietarios de la Casa-Palacio renacentista a la que se refiere el lacayo.

Observando en silencio nuestra charla ha permanecido Egnatius, el ibero que delineo la Centuriatio de Caesaraugusta, hasta que en cierto momento, abandona su mutismo para advertirnos:  «Lo verdaderamente relevante de esa fotografía está detrás de esos muros del fondo. Ellos mismos constituyen el lado sur de la cuadrícula central de Caesaraugusta. Esa ínsula central, o manzana, como ahora se llama, contiene en su interior el mismísimo Umbilicus Urbis, aunque casi todos crean que se sitúa en el cruce del Cardo con el Decumano».

Ante esta revelación, imagino que si Eduardo Jimeno la conociera y pudiera retroceder casi dos milenios en el tiempo, giraría su cámara de bronce unos noventa grados para filmar in situ la escena fundacional de nuestra urbe.

A fin de cuentas, tal vez los ediles modernos no estuvieran tan desacertados en colocar allí la estatua. Solo les faltó orientarla adecuadamente.

Nacho de Zaragoza (España)

 

Lo vi por primera vez en la primavera del 2019. Mis pasos estrenaban a la madre patria y después de la opulencia urbanística de Madrid y Barcelona, mi último espacio nacional se llama Zaragoza. Fue cuestión de horas mi estancia en tierra maña, pero mi cámara lo atrapó como el que descubre un universo de espejos desconocidos y sabe que en ellos conviven desde antes, destellos de ti. 

La singularidad de una escultura a tamaño natural, con un trípode y cámara de cajón siglo XIX me caló profundamente porque derivó en el punto de reconocer que siendo mi país natal uno de los primeros en América en desarrollar la fotografía, no existe ni un solo monumento a ninguno de los grandes artífices de la luz que ha dado en dos siglos la bendita isla. 

Me regresé a Cuba, pero no olvidé la escultura; mi memoria suele grabar con eterno fijador lo que el filtro de mi mirada obtura. Cuatro años después volví a encontrarla. La recordaba en posición contraría, como si todo el recinto enladrillado que encara, estuviera en la acera que le queda a la espalda...ah, pero algo quería decirme esa posición bifurcada, ese giro mío de 180 grados. Una acera comercial, un café llamado Dídola y un edificio núm 28. Un fantasma que recorre Zaragoza, un tal Nacho que roba mis fotos de algún espacio cibernético en mi ordenador. Me inquieta la idea, me zozobra y me sobresalta mi inocente dejadez.

¿Pudiera usted, don Eduardo Jimeno atraparlo con su cámara? 

 Budy de Bayamo (Cuba)